Y como un autómata repetía los mismo pasos cada noche.
Cerraba la puerta y la ventana también, bajaba las persianas y corría la cortinas. Tapaba cada hueco, por pequeño que fuera, que pudiera dejar escapar algo de luz. Una vez tapado todo, se vestía con tan solo su jersey favorito, el negro de mangas largas. Cuidadosamente se deslizaba sobre la cama y con suma delicadeza apagaba su lámpara.
Oscuridad. Eso veía cuando abría los ojos en la noche. Una oscuridad tan densa y negra que ni la mismísima llamada 'nada' podría superara.
Y en esa oscuridad, grande y abismal, residían sus demonios. Los monstruos de los que nunca consiguió escapar.
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